Memoria de un Asesinato
 

La sangre de los olivos

Manuel Flores Mora

 

No tiene caso desempolvar ahora la muerte de Federico Lorca —su asesinato sin juicio en una madrugada de los primeros días de la guerra civil española— para revivir la indignación que naturalmente esta muerte provoca. No tiene caso, digo, ni sobrelevantar la furia ni realimentar el odio hacia quienes lo mataron.

Una de las cosas que tienen este tipo de crímenes es que generan dentro de las gentes normales una especie de sublevación que, durante una fracción de segundo, es también asesina. Hay un instante fugacísimo, cuando pensamos en los campos de exterminio o en los hornos crematorios nazis, por ejemplo, en que echaríamos a Hitler dentro del horno. Es en ese instante que Hitler triunfa de nosotros: el momento brevísimo en que de algún modo también somos asesinos y por consiguiente nazis. El momento en que ganan ellos.

 

Al nazismo, al fascismo, al estalinismo hay que mirarlos desde la serenidad y bañarlos con el rechazo sin rabia del desprecio. Como con guantes de quirófano en el alma. Basura peligrosa de miseria humana, la obsesión debe ser combatirlos sin contagiarse.

Estas notas vinculadas con la muerte de Lorca tiene como primera finalidad el homenaje del asesinado y la expresión de la gratitud y el cariño que su figura merece. Además, por supuesto, trasmitir hechos que no todos nuestros lectores conocen. Finalmente, sin odio, recordar qué cosa tan tremenda es esa hora en que los asesinos andan sueltos, cuando un país se derrumba, como le ocurrió a España, bajo la propia llamarada.

¿Quiénes, dónde lo mataron?

A Lorca lo mató por supuesto el franquismo y el crimen fue en Granada, en su Granada, como lo proclamara un verso de Antonio Machado. Si quisiéramos ser exactos, más que en Granada, fue en un lugar muy próximo a Granada, cerca de una increíble fuente y a la vera de una ladera cubierta de olivares; en un recodo del camino que conduce desde el pueblo de Viznar hasta el de Alfacar.

Es imposible para cualquier lector habitual de Lorca recibir los detalles del crimen sin erizarse- Cuando vemos la fotografía del sitio, o se recibe la descripción casi policial de la reconstrucción histórica, advertimos, sobrecogidos, que Lorca había tenido desde siempre la videncia de todo. Y que la escena (con variantes que jamás cambian el paisaje esencial ni el modo terrible) ya había sido descripta por él mismo en versos de preaugurio.

Es el asesinato en el camino. Que está en el Romancero Gitano. Es también la muerte, esa muerte del Llanto por Ignacio cuyas estrofas finales, escritas por Lorca para Sánchez Mejía, parecen hoy escritas para el mismo Lorca.

Como si aquellos terrores en que abundó su vida —y que dejan detrás de sí la leyenda de su apocamiento de gran y puro niño— surgieran del conocimiento preciso de lo que le esperaba.

Tengo delante de mí el libro publicado por José Luis Vila-San Juan bajo el título de "García Lorca, asesinado; toda la verdad". Es una versión de la muerte del gran poeta granadino y por supuesto, no es la única. Aquí mismo en EL DIA, hay testimonios que nos proponemos recoger y que se vinculan con la versión final en que creía, por ejemplo, Don Manuel de Falla. Y en que cree quien fuera amigo de infancia de Lorca, como el Dr. Marino Mora Guarnido.

El libro Vila-San Juan, sin embargo, que tomaremos como punto central de referencia porque además del propio aporte resume muchas conclusiones de otros autores, nos coloca de lleno en la atrocidad de aquel verano de 1936.

"Una mañana (debió ser hacia el 19 ó 20 de agosto), Angel Saldaña, un concejal independiente de Granada, estaba sentado en el bar Pasaje imás conocido por "La Pajarera"), cuando Trescastro entró y dijo en voz alta a los reunidos: "Venimos de matar a Federico García Lorca".

Y agregaba una frase irreproducible en un periódico, según la cual él mismo, Trescastro, le había metido un tiro a Lorca en tal o cual parte de su cuerDo "por maricón"-

La atrocidad de esta versión que está en Vila-San Juan, como también en otros autores (Ian Gibson, por ejemplo, "La represión nacionalista en Granada en 1936 y la muerte de García Lorca", París, 1971) hacen de Trescastro un asesino comprobado de Lorca aunque no el único. Conste además, que hablamos sólo de asesinos materiales, esto es, también de víctimas. O de seres a los cuales su condición repugnante no hace perder el carácter de víctimas que también poseen de alguna manera.

Su nombre completo era Juan Luis Trescastro. Vila-San Juan dice que según voz corriente que le fuera confirmada por mucha gente de Granada, Trescastro —ya muerto— "nunca ocultó su participación en la detención de Lorca. Admitía que en su coche había llevado al poeta de la calle de Angulo al Gobierno Civil y que él iba al volante..."

¡Es notable! Franco, su gobierno y el franquismo entero han tratado por décadas, cuando se les acorrala, de sacarse de encima la muerte de Lorca. Pues bien: durante años uno de los asesinos de Lorca anduvo, bajo el gobierno de Franco, suelto y compadreando por las calles de Granada, contando los hechos, ufanándose y agregando miserables insultos a la memoria del enorme Lorca. Esta conclusión evidente que dice de la complicidad de todo el régimen con la iniquidad de aquel crimen, no es observada por supuesto por Vila-San Juan, demasiado amigo de falangistas como para reparar en tan clara evidencia.

Otros. asesinos directos

Trescastro no es el único. Hay también otro asesino perfectamente identificado. Aquí Vila-San Juan pierde todo el respeto de sí mismo, pues sabiéndolo, no dice su nombre. Se trata de un policía, ("llamémosle XX", dice) al que echaron del servicio por algunas otras atrocidades menores que cometió, entre ellas una paliza a uno que después resultó ser sobrino de un ministro de Franco. Vila-San Juan no proporciona el nombre, pero dice: "Hoy vive y tiene una tienda en Granada, en la calle de la Tinajilla. Este fue el que se pavoneó, entonces, en el bar Sevilla, bebiendo el vaso de vino y plomo, de haber dado el tiro de gracia a García Lorca, mientras otro —Juan Trescastro— lo hacía en el bar Pasaje".

Ver:

Los olivos salpicados de sangre - Asesinato de García Lorca/2
La pasión del puñal, de la ojera y del llanto - Asesinato de García Lorca/3

Manuel Flores Mora
Parlamentario, Periodista, Escritor, Historiador, Critico Literario
Tomo I
Homenaje de la Cámara de Representantes, mandado publicar por Resolución del 20 de febrero de 1985
Montevideo, 1986
Originalmente en "El Día" - 23 de diciembre de 1979

Federico García Lorca en Letras Uruguay

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

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