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Crisis del capitalismo, la propaganda imperial para desvirtuarla y las
“utopías” inhumanas del sistema |
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Solo si nuestras convicciones son
sostenidas por la ignorancia, el oportunismo o el absurdo, podemos negar
la crisis estructural de la sociedad burguesa, principalmente evidente
en el “desgaste” sufrido –en las últimas décadas- de sus dos
instituciones constitutivas: la economía del mercado y la democracia
liberal. La primera destinando a grandes masas humanas a la indigencia
y, la segunda, concentrando el poder a favor de intereses imperialistas
y de oligarquías nacionales que se lucran de esa relación de
dominador-dominado. Dicha crisis del sistema capitalista continúa siendo
“negada” por amplios sectores académicos imperialistas, de países
“serviles” al imperio (como el nuestro) y de los políticos que continúan
alimentando una falsa certeza de conveniencia mezquina, pero,
curiosamente aceptada por sectores extra-académicos vinculados
directamente como actores provechosos del sistema. Robert J. Samuel,
columnista económico de la revista Newsweek asegura que “…la creciente
importancia del comercio y de las finanzas globales y su interacción con
las economías nacionales han creado nuevas fuerzas en constante cambio
que no se entienden bien…”. De igual manera, el funcionario del FMI,
Stanley Fischer, reconoció que “el sistema está propenso a la crisis
debido a la escala de los movimientos de capital que se registran
actualmente en el ámbito económico”. Asimismo, el economista funcionario
del Banco Mundial, Joseph Stiglitz, durante mucho tiempo pregonó la
necesidad de medidas que trascendieran el “Consenso de Washington”,
puesto que esas políticas eran “incompletas y, a veces, inclusive
equivocadas”. Y John Lipsky, funcionario del Chase Manhattan Bank,
sostiene que “nadie es capaz de prever desarrollos específicos del
mercado a mediano plazo”. Es necesario aclarar que aunque ellos solo
perciben la crisis del capitalismo en términos de disfuncionalidad
técnica-operativa y no a partir de la miseria y el impacto ambiental
desastroso que genera, no dejan de tener interés, puesto que a ellos se
continúan uniendo cada vez más voces, entre estas más, los capitalistas
George Soros y Lionel Jospin; el primero de ellos, un inversionista
financiero estadounidense, autor del libro: La crisis del capitalismo
global. En dicho trabajo, Soros, interpreta a los mercados en términos
de reflexividad (interacción), no de equilibrio (obsérvese la aceptación
de la dialéctica propuesta por Marx y Engels). Reprocha “la relación
desigual entre el centro y la periferia y el tratamiento desigual de los
deudores y acreedores”, evalúa la “malsana sustitución de los valores
humanos intrínsecos por los valores monetarios” y asegura que “los
fundamentalistas del mercado… creen que los mercados financieros tienden
al equilibrio… una falsa analogía con la física”. Soros visualiza al
capitalismo global como una “forma incompleta y distorsionada de la
sociedad abierta” y un peligro para el futuro del propio capitalismo. En
el caso de Lionel Jospin, ex Primer Ministro francés, manifiesta en
relación a dicho credo, admitiendo que “El capitalismo… Al mismo tiempo
que crea riqueza, la concentra en exceso… tiende a excluir del mundo del
trabajo a un número cada vez mayor de hombres y mujeres… y a este
desequilibrio interno, hay un solo contrapeso que puede responder: el
político”. Si bien es cierto, estas palabras pueden ser meras frases
demagógicas, no cabe duda que propician rupturas desde el interior en la
muralla silenciosa del capitalismo y revela la infructuosa incapacidad
del sistema para ocultar su fracaso, pero por otro lado, surge la
permanente campaña propagandística imperial a fin de continuar
pregonando las “bondades” de dicho sistema, pese a que la realidad
objetiva de los países “dominados” (y al interior mismo de los países
“dominadores”), muestra como la pobreza y la miseria se proliferan de
manera impresionante. En este sentido, es necesario enunciar el artículo
de Francis Fukuyama, denominado “Fin de la historia revisitada”, mismo
que surge una década después de la aparición de su trabajo “El fin de la
historia”, en éste trabajo (Fukuyama) llega a la “conclusión” de que la
economía de mercado y la democracia liberal “son las únicas
posibilidades viables para nuestras sociedades modernas”, afirma que “ya
no existe otro modelo viable de desarrollo que permita augurar mejores
resultados” y plantea la infantil idea de que a través de ellas el mundo
puede alcanzar un estado de equilibrio o la inamovilidad (fin de la
historia), olvidando que las sociedades humanas, son sistemas dinámicos
y por ende, cambiantes. Según Fukuyama, ese será el fin “de la historia
humana” y la biotecnología “nos dará los instrumentos que nos permitirán
lograr lo que los especialistas de la ingeniería social no lograron
darnos”. Este es el momento en que la ciencia ficción deja de serlo.
Soluciones tecnológicas a problemas y conflictos sociales, es la visión
del capitalismo. Esto había sido anticipado en los trabajos de George
Orwell (1984) y Ron Bradfiel (Fahrenheith 451) al plantear “utopías”
terroristas basadas en las nuevas tecnologías comunicativas y
electrónicas, utopías que desde hace varios años, parecen dejar de
serlo, puesto que ya son parte del discurso “académico” que sustenta al
capitalismo. Para ir un poco más lejos en el tema, el premio Nobel en
biología molecular, Joshua Lederberg, en un congreso de la transnacional
química Ciba, aseguraba que ahora era posible “definir al ser humano” y
regular “el tamaño del cerebro humano mediante intervenciones
prenatales”; en 1962, Julian Huxley propuso mejorar la “calidad
intelectual” mediante selección eugenesia de la población mundial;
Hubert Markl, miembro de la sociedad científica alemana “Max Planck” en
un ensayo intitulado “El deber contra la naturalidad”, sostiene que el
comportamiento natural del ser humano, como el de todas las especies,
consiste en su irrefrenada reproducción y el consumo de los recursos
disponibles. Sin embargo, por la “capacidad cultural” (inteligencia y
tecnología, entre otras) de la especie homo sapiens, ese comportamiento
natural ha puesto a la biosfera en una “órbita catastrófica”. Para
evitar el desastre ecológico, el ser humano ha de pasar al control
“autoresponsable de su reproducción” y al “manejo de la biosfera”.
Debemos encargarnos –asegura- de la “tarea” de “gerenciar a la
naturaleza”. En este contexto, el uso de tecnología genética es
“necesario y, desde un punto de vista ético, obligatorio”, para
garantizar el consumo de la humanidad con “suficientes organismos
utilizables”, enfatiza. Pero el imperativo más importante –para él-
consiste en frenar la reproducción humana, hasta que la sobrepoblación
del planeta se haya reducido a una cifra “tratable”, es decir, alrededor
de mil millones de seres humanos (¿Qué sucederá con el resto?). En fecha
más reciente (1999), el filósofo alemán Peter Sloterdijk, hizo explícito
lo insinuado por Fukuyama: la revisión biotecnológica de la especie
humana, ante el fracaso de su humanización mediante la ética y el
humanismo de la época moderna. Sin temor a equivocarnos, nada más
deshumanizante que el capitalismo, los “amos” del sistema carecen de
valores y son capaces de cualquier acción inhumana (ya lo han demostrado
muchas veces) a fin de continuar salvaguardando sus mezquinos intereses.
¡Estas son las utopías abrigadas al interior del capitalismo! |
[1] Alex Darío Rivera M: Catedrático y escritor santabarbarense. E mail: alexdesantabarbara@yahoo.com
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